Los venenos de la mente  

  

  

La rueda de la vida, interpretada como los estados psicológicos de la filosofía budista nos presenta tres animales en la parte central que pueden corresponderse con los actuales venenos de la mente.  

  

Gallo: Apego  

El apego –“quedarse enganchado”- es desear que las personas, cosas, posesiones que consideramos agradables, hábitos y costumbres permanezcan sin modificación.  Además del orgullo, sentirme superior a otros, y la envidia, sentirme inferior a otros y desear lo que ellos tienes, o los celos.  

Se trata de un “deseo neurótico” y genera un estado de sufrimiento constante puesto que nunca es suficiente.  

El apego es no aceptar quien soy y buscar fuera lo que quisiera ser, querer algo o a alguien a medida de las carencias propias, sufrir por querer que ese algo o alguien cambie parcial o totalmente.  

El excesivo apego a cosas materiales ocasiona el peligro de volverse acaparador y tacaño, codicioso. No prestamos nuestras cosas por miedo a que nos las pierdan o estropeen. Por ejemplo, en este sentido, llenamos nuestro armario de ropa acumulando sin cesar, en lugar de donar aquello que ya no usamos.  

El excesivo apego a personas conlleva el peligro de volverse celoso y perspicaz, así como controlador o dependiente. El sentimiento de que alguien te pertenece y estará siempre allí o el sentimiento de que solo junto a esa persona tiene sentido tu vida. Sentir que sin ellos no somos nada.  

El “antídoto” a este veneno sería explorar otras formas de vivir y de pensar. Fomentar una actitud altruista y generosa, concentrarse en el dar. Desprenderse de objetos o prendas que ya no se usan. Aceptar que nada es permanente, que todo cambia. Aceptar, por tanto, la vida como viene.  

Soltar a la otra persona, dejar ir, mantener una vida personal completa y ajena a ella. Ubicarse en la no permanencia de las personas y situaciones.  

  

Víbora: odio o aversión  

Este segundo veneno, contrario al apego es la aversión. La aversión significa disgusto, muchas veces en respuesta a apegos frustrados, cuando reforzamos nuestro disgusto, con frecuencia éste se eleva a la categoría de ira, odio o enemistad, y agresión, todas ellas fuentes de mi insatisfacción.  

Es un apego a circunstancias desagradables del pasado asociadas a determinadas situaciones o personas. Nos llenamos de sentimientos de rencor. La culpa es otra forma de odio, culpar a otro por nuestra situación o incluso a nosotros mismos.   

Ese “¿por qué a mí?” que resuena en nuestra cabeza y no nos permite ver más posibilidades.  

La ira es el resultado de no aceptar un hecho o una decisión, propia o ajena. La ira está relacionada con no aceptar y con no entender. Aceptar solo lo que se entiende no es aceptar.  

Antídoto para este segundo veneno es reflexionar. Cambiar el “¿por qué a mí?” por un “¿para qué a mí?”. Así, abandonamos el papel de víctima y nos convertimos en protagonistas de nuestro propio aprendizaje. El amor, no en el sentido de amor de amor romántico. El amor universal, el metta según la filosofía budista.   

El odio solo nos “amarga” la existencia. Gracias a lo sucedido con esa persona o situación, podemos aprender algo valioso para la vida. Dicen que “nadie se aleja de nosotros hasta que hemos aprendido la lección que nos corresponde vivir con él/ella”.  

  

Cerdo: ignorancia “espiritual”  

El tercer veneno es la ignorancia, y es la base que sustenta los dos venenos anteriores. Ignorancia para ubicarnos en la no permanencia de las cosas y la ignorancia en valorar las consecuencias de lo que nos ocurre. No se relaciona con una falta de conocimiento sino con una falta de sabiduría. Es decir, no se refiere a no saber cuál es la capital de un país, sino no saber qué es el ser.  

LA ignorancia es insistir en ver las cosas como nos gustaría que fueran, nos contamos historias a nosotros mismos y vivimos en nuestra fantasía. Es no aceptar no saber. Desde que se acepta que no se sabe y se inicia la búsqueda y el aprendizaje, la ignorancia desaparece.  

  

Nuestra creencia en la existencia de un yo -el ego- que se intenta imponer a los demás, es la causa del sufrimiento.  

El antídoto sería la consciencia, poder convertirnos en personas congruentes. Sitúate en el presente y manifiesta una apertura hacia los demás, deja de juzgar a otras personas y a los acontecimientos; nada es bueno o malo en su totalidad. No te dejes influir por los pensamientos negativos tuyos, ni de otros. Vive la vida con ilusión y espera siempre lo mejor.  

  

  

  

El árbol de los venenos de la mente o del jardín de nuestros sufrimientos es una representación gráfica de los venenos que hemos visto anteriormente.  A este respecto, hablamos de esperanzas de que algo nos complete, nos haga sentir completos, felices… Y de miedos a que ocurra lo que no queremos que ocurra.  

En este sentido, siguiendo la doctrina de la filosofía budista, una persona puede ser fuente de deseo y de rechazo. Aquí podemos poner el ejemplo de Putin, incluso de nosotros mismos, hay gente que nos quiere y gente que, tal vez, no nos quiere para nada.  

  

¿Os sentís identificados con algún animal? ¿Y con el árbol de los venenos de la mente? ¿Qué otros venenos creéis que se podrían añadir? Esperamos vuestras respuestas.  

    

1 comentario en “Los venenos de la mente  ”

  1. Yo creo que estos animales forman parte del aprendizaje de la vida
    Los más importante es ser conscientes para si en algún momento se incorporan a nuestras vidas poder sacarlos sin hacer ni hacernos demasiado daño.
    Gracias por compartir el antídoto

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